De Liberia para el mundo


Dale al play y escucha el siguiente PODCAST → Introducción: Primeros pasos de Weah y la importancia de Arsène Wenger

 

1995, año I r.W. (reinado de Weah)

El año de su consagración. En el PSG se convirtió en un diamante en bruto perseguido por clubes europeos. El Milan terminó llevándose a la ‘Pantera Negra’ para hacer olvidar al mismísimo Marco van Basten, mermado por las lesiones. No eligió mal el liberiano, sabiendo que por aquel entonces la Serie A era la mejor liga del mundo. Weah quería ser el mejor del mundo, jugando para el mejor equipo en la mejor competición. Y vaya si lo hizo…

Balón de Oro en 1995. Un hito, teniendo en cuenta que hasta ese momento ningún jugador no europeo lo había conseguido (Getty)

En tierras milanesas ganó dos ligas compartiendo vestuario con mayúsculos del balón como Roberto Baggio, Baresi o Paolo Maldini. Su balón de oro en 1995 no fue precisamente por sus números. El africano no era de estadísticas inhumanas como los Messi y Cristiano de hoy día (metió 46 goles en sus cuatro temporadas y media como rossoneri). Pero su potencia en la arrancada y velocidad punta con balón, sumado a su físico privilegiado y su facilidad para definir en el mínimo de toques posibles lo hizo imparable para cualquier zaga. Su gol ante el Verona resume la magnitud de su talento.

Las imágenes hablan por sí solas, era imparable. Como un déjà vu de Ronaldo Nazario en cuanto a la conducción y la sencillez que transmite a la hora de superar al portero. Por primera vez en la historia, un africano reinaba en un deporte dominado por europeos. Weah alzó no solo a un país, sino a una continente entero. África también era una fábrica de estrellas.

La caída en picado

Sin embargo, y para mala fortuna del aficionado, el boom de Weah no duró demasiado. En la campaña 1999/00 irrumpió un joven y enérgico Shevchenko, que ya comenzaba a dar ápices de su olfato goleador. Los 33 años del africano hicieron replantearse su futuro. Un joven ya le pisaba los talones y lo mejor era buscar nuevos retos. Y ese terminó siendo la Premier League inglesa.

Acabó emigrando al Chelsea, en calidad de cedido. Su protagonismo lo encontró, aunque no su mejor nivel. Ganó la FA Cup pero sus cualidades iban apagándose. Al término de aquella temporada como blue, decidió fichar por un recién ascendido en 2001, el Manchester City (un club modesto que contrasta con el actual). Apenas 9 partidos y cuatro escasos goles presagiaban que ya estaba acabado. Una temporada en Francia con el Olympique de Marsella y sus últimos sprints con el Al-Jazira árabe en 2003 fueron sus capítulos definitivos.

Un futbolista que se forjó en la Ligue 1, explotó en la Serie A y se apagó en la Premier. Un balón de oro, dos Balones de Oro de África (1989 y 1994), un premio al Futbolista del año en África, algunos de sus logros individuales. Pero siempre le quedará la espinita de nunca haber jugado un mundial. Aún así, es considerado por los sabios de este deporte como el mejor jugador africano de todos los tiempos.

 

Weah, jugando un partido con el Chelsea (Reuters)

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