Unocerismo


En el fútbol lo único que importa es el resultado. Ganar, concretamente. Puedes convencerme de que hay excepciones, que a los Barça y Real Madrid y compañía se les exige el buen juego y que incluso hay equipos perdedores que pasaron a la historia porque dejaron huella a pesar de no coronarse. La Holanda de los setenta, el gran ejemplo. Pero cuando se pierden cuatro partidos seguidos dime tú quién evita que echen al entrenador y pongan a otro. Nada de proyectos a largo plazo. Un fiel reflejo de la sociedad en que vivimos: no dejes para pasado mañana lo que puedas hacer ahora mismo en este preciso instante. Inmediatez. Comida rápida. Amazon Prime.

Leí una entrevista a Ronaldinho en la que decía que prefiere ver un partido donde un equipo juegue bonito aunque pierda. Fue listo y no concretó lo que prefiere cuando ve a su equipo. El mío es el Málaga y ya pueden ser un boceto del guardiolismo con jugadas exquisitas y goles irrepetibles que si no ganan, de nada sirve. En los terrenos de juego de Segunda División, la competición más imprevisible y sufridora que yo haya conocido -la 2ªB y Tercera que sigan bien lejos, por nuestro bien-, el uno a cero es a lo que aspira cualquiera. Con más razón el Málaga por todo lo que ha sufrido en los meses anteriores.

Y vengo con estos preámbulos para defender una ideología futbolística, un método de supervivencia, un camino al éxito siendo discretitos: el unocerismo. Ganar por la mínima. Si no te gusta el 1-0 puedes dejarlo aquí y marcharte, no sin antes saber que es el resultado más repetido de la historia de LaLiga. Que por qué ese conformismo, que cómo puede ser que no prefiera ganar 4-0 o 3-2 todos los partidos y cómo se puede ser tan soso, tan rácano con la victoria, se preguntarán algunos. Pues porque mi equipo es el Málaga y no el Bayern.

Primero lanzo la obviedad y luego profundizo. El unocerismo vale lo mismo que el cuatrocerismo o el tresadosismo, son tres puntos… aunque sin llamar demasiado la atención.

Perros y pestillos

Hace tiempo que empecé a creer en esta ideología porque me representa. Nos representa, si te has quedado leyendo. Ganar por un gol a cero es ser ambicioso pero sin fliparse, es ser salir victorioso sin flashes ni cámaras ni portadas, es sumar por lo bajini. A lo callao, como la famosa plaza madrileña. Es sacar un 8 habiendo estudiado el día antes y estar igual de contento que el que consigue el 9’5 habiéndose matado en la biblioteca. No importa el cómo, importa la meta. Permanencia, ascenso o simplemente ir tirando.

Aunque también el 1-0 es masoquismo, es querer sufrir, es situarse en la delgada línea entre la gloria y el fracaso. Es achicar balones en el descuento, subir al portero en un córner o poner el autobús en defensa. Es riesgo. Como cuando entras en el baño de un bar y no tiene pestillo, que sabes que vas a descargar pero estás intranquilo. Piensas que va a venir un impaciente a tumbar la puerta de una patada y eres capaz de hacer contorsionismo para ser tú mismo el cerrojo.

Lo contrario del unocerismo es el pretencioso que quiere goleadas locas, el que disfruta aplastando al prójimo. Es ser egocéntrico, es bajar al perro a la hora de los aplausos en cuarentena, que lo mismo esperas el aplauso y recibes el insulto, la recriminación, como uno en mi barrio que siempre sacaba a sus perros a esa hora y todos empezamos a sospechar que lo hacía para homenajearse a sí mismo.

Mejor prosperar sin destacar demasiado. No es conformismo, es éxito camuflado. Una especie de humildad competitiva. El premio será el mismo, y tendrá que ser igual de admirable. Me enseñaron que lo que ganemos es siempre mejor hacerlo sin llamar la atención, quiero decir, sin pretenderlo.

En el fútbol y en la vida faltan unoceristas, empatía y baños con pestillo. Sobre todo esto último.

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