Tus ídolos también lloran


Y los hombres, además. El otro día vi el documental de la ESPN sobre Dennis Rodman, estrella de la NBA en los noventa. Cuando le premiaron por primera vez como jugador defensivo del año, el excéntrico Rodman se puso frente al micro, suspiró, pensó lo que decir y acabó rompiendo a llorar. Se fue sin decir nada, solo lágrimas. Siendo miembro de uno de los equipos más duros y sucios del baloncesto, los «Bad Boys» de Detroit, aniquiló ese cliché manido de que los hombres no lloran. Una prueba suficiente para convencernos de que nos somos tan distintos de nuestros ídolos.

Hay que empezar a desmitificarlos y dejar de exigirles la perfección a esos ídolos. Fracasar y decepcionar son dos acciones que siempre han acompañado al deportista. Vale insertar el nombre de cualquiera. Messi explotó sentimentalmente cuando perdió una Copa América, Cristiano rompió a llorar cuando se retiró lesionado de la final de la Eurocopa 2016 y Michael Jordan tras cada título descargaba la presión de todo un año en el ojo del huracán mediático. Suya es una frase que me impactó muchísimo. Lo cuenta en su docuserie The Last Dance: «En 1993 ya había cumplido mi responsabilidad. Había dado tres anillos a la ciudad de Chicago. No me quedaba más que dar. Necesitaba parar». Mike se retiró. Ganar un anillo se convirtió para él en una responsabilidad y no en un objetivo. ¿Qué clase de aficionados somos capaces de ser, qué tipo de presión somos capaces de exigir -medios de comunicación inclusive- a aquellos que creemos superhombres que no lloran?

Debido a las expectativas de la gente vomito antes de los partidos o me entra diarrea. Es como si simbólicamente mi cuerpo dijera: esto es vomitivo −Mertesacker

Hablemos de la debilidad. Kiko Femenía debutó en Primera con el Hércules y tras fallar en los tres primeros balones que tocó le dio un ataque de ansiedad en mitad del partido. Le costaba respirar, estaba desorientado, superado por un campo lleno a rebosar. Bojan Krkic tomaba medicación para tranquilizarse antes de los partidos e incluso rechazó ir a la Eurocopa 2008 con Luis Aragonés: «No había un momento en el que me encontrara bien. No estaba preparado». Fabio Coentrao llegó a plantearse si en el Real Madrid se le había olvidado jugar al fútbol. Emerson, también exmadridista, no pudo con la exigencia del Bernabéu y no volvió a jugar un partido como local. Juande Ramos solo lo ponía a jugar fuera de casa. Pánico a fallar.

Mertesacker, un jugador que ha sido más de cien veces internacional con Alemania, contaba que ha llegado a tener náuseas antes de un partido por el mero hecho de tener que jugarlo. «Debido a las expectativas de la gente vomito antes de los partidos o me entra diarrea. Es como si simbólicamente mi cuerpo dijera: esto es vomitivo». Andrés Iniesta cayó en depresión al encadenar varias lesiones y vivir la muerte de su amigo Dani Jarque. La psicología deportiva, como a otros muchos compañeros, le tendió la mano para salir de ese abismo. Y qué mejor terapia que el gol español de todos los tiempos en Johannesburgo.

Sobreexigencia

«La confianza es el 50% de un futbolista», reflexión de Coentrao que comparto, es una verdad que viví en mis adentros desde niño. Tenía un amigo que en los entrenamientos se salía y en los partidos se bloqueaba. La competición le venía grande y no podía con las exigencias externas. Yo mismo, en muchas ocasiones, he sentido la presión de jugar en Wembley. Un día marqué un doblete en propia puerta y otro tuve un error que costó un gol y me cambiaron. Nada peor que vivir esto último. Fue como confundir el hay, ahí y ay en un texto y que tu director te despida al leerlo. Despido indiscutiblemente merecido esto último.

Michael Jordan, emocionado tras lograr su 4º anillo, rompe a llorar en un momento icónico en 1996. Barry Gossage/Getty Images

Esa sensación de inferioridad, de vulnerabilidad y de maldecirse a uno mismo es una situación que no todo el mundo sabe gestionar. Solo los más fuertes mentalmente hacen de eso una razón para mejorar. Jordan y unos pocos locos más. La mentalidad es un músculo que se entrena y también se agarrota con la presión, la crítica excesiva, la sobreexigencia.

Los jugadores, nuestros jugadores, pueden llegar a acumular más de 60 partidos al año. Uno cada cuatro días.  ¿Cómo vamos a pretender que en tantos partidos ni fracasen ni decepcionen? Si has utilizado el comodín del cuñado cincuentón para responder «porque para eso cobran muchos millones», ¡gracias! Se confirma un lema que le leí a Enrique Ballester: lo bonito del fútbol es que por muy idiota que seas siempre encuentras a alguien que lo sea más que tú.

Lo que vengo a decir es que me declaro defensor de la imperfección en el ídolo. Nos acerca a ellos. Por eso defenderé siempre que el mejor broche final de una carrera fue el de Zidane. Se despidió del fútbol dándole un cabezazo en el pecho a Materazzi en una final de un mundial que no ganó. Cuando vio la roja se marchó Zinedine con elegancia, cabeza agachada, sin mirar la Copa del Mundo ni un instante mientras se quitaba el vendaje de su muñeca.

Solo le faltó un detalle, llorar. Supongamos que lo dejó para los que vieran por televisión su despedida agridulce, inmerecida, sí, pero con un K.O. a Materazzi que ni Vinnie Jones en una pelea de bar.

 

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