Cicatrices de Modric: «La guerra me hizo más fuerte»


La historia que se esconde detrás de ese croata que nació con un don. El de hacer fácil lo arriesgado con un balón en los pies. Luka Modric fue refugiado de la guerra de los Balcanes, conflicto que le pilló con 6 años y le marcaría para el resto.  Revista Libre Directo® se adentra en el pasado de un jugador capaz de quitarle el Balón de Oro a los dos inmortales de siempre. Este reportaje está escrito en primera persona, con testimonios reales del propio Luka y un toque literario. Nada de lo que se cuenta es ficción.


Me llamo Luka Modric y rehúso a hablar de mi pasado. Pero nunca lo olvido. Fueron tiempos durísimos para mí y para mi familia. Ahora, después de todo, pienso que estoy preparado para cualquier cosa. Siempre encontré trabas en mi vida, pero era un soñador. Un niño que solo pegaba patadas a un balón en la aldea de Zaton Obrovacki, situada en las laderas del Velebit, Croacia.

Todo cambió aquel invierno de 1991. El contexto era muy delicado. Había estallado la guerra de los Balcanes, conflicto étnico y político que implicóa las seis repúblicas que completaban la antigua Yugoslavia (Croacia, Bosnia y Hertzegovina, Montenegro, Serbia, Eslovenia y Macedonia) para luchar por la independencia. El país se convirtió en zona de bombardeos, masacres, violaciones y todo tipo de calamidades.

Ceño fruncido, tímido, serio. Luka Modric en su niñez (The Sun)

Mataron a mi abuelo a 500 metros de casa. Fueron milicianos serbios que le dispararon a quemarropa. Vi con mis propios ojos el charco de sangre y los gritos de mi familia aún los recuerdo con exactitud. Tuvimos que huir de allí hacia Zara, otra ciudad más segura. El próximo destino sería un hotel que acogía a refugiados, el ‘Kolovare’. Mi padre se alistó al ejército croata como técnico de aviones y mi madre encontró trabajo como costurera. Yo a lo mío, pegado a mi inseparable balón.

Cuando llegamos al hotel, recuerdo que había un montón de gente. Hice muchos amigos. A pesar de la guerra, era un niño y no era consciente de la magnitud, ni de todo lo que sucedía a mi alrededor. Mi madre no me solía dejar ir a jugar fuera por miedo a que me alcanzaran los francotiradores. Pero yo a lo mío, fútbol entre escombros y exiliados.

«Jugaba todo el día. Rompió más cristales con su pelota que las ondas expansivas de las bombas», reconoció en una entrevista un empleado del hotel Kolovare

Me rechazaron por mis condiciones físicas en el Hajduk Split, uno de los más míticos clubes croatas. Tenía 8 años entonces. La oportunidad se desmoronó, no mi ilusión por llegar lejos. A los 10 apareció la persona indicada en el momento idóneo: Tomislav Basic, jefe de la cantera del Zadar. Aquel fue el primer equipo que confió en mi.  Y sé que todavía guarda con cariño esas espinilleras que me fabricó mi padre con roble tallado. Porque para esos ‘lujos’ no había. Pasábamos hambre, éramos una familia pobre.

Y en 2018 se hizo legendario (Eurosport)

Lo de mi abuelo fue el peor momento que he vivido nunca. Tenía que cumplir por él. Y por todos los que pensaron que mi baja estatura y delgadez me cerraban puertas. Y por mi hermana, mi madre, mi padre. Por Basic, mi mentor, que murió en 2014 pero nunca en mi recuerdo. Así que a los 16 años aterricé en el Dinamo de Zagreb, dispuesto a triunfar como opción única.

Al poco me cedieron al Zrinjski Mostar de la liga bosnia y allí debuté como profesional. Y luego otra cesión al Inter Zaprešić croata. Volví a Zagreb con más madurez en mi juego, e irrumpí con la misma ilusión de aquel niño que pateaba la pelota en medio de una guerra civil. Luego vino el Tottenham, la consagración, y el Real Madrid, la cima. Sin olvidar la capitanía de mi país, que llegó a una final de Copa del Mundo con todo lo que conlleva.

Y es que miro atrás y me reafirmo: la guerra me hizo más fuerte. Visito mucho la tumba de mi abuelo, me da fuerzas para honrar su legado. No me gusta hablar de mi pasado, pero, como dijo el gran Tomislav Basic, «tengo que estar orgulloso de donde vengo».

 

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