La filosofía de ser como Harvey Esajas


Un avión aterrizaba en Estambul en mayo de 2005. Allí viajaba el AC Milan de Carlo Ancelotti para disputar la final de Champions más épica que se recuerde. En el vuelo convivían Dida, Nesta, Cafú, Maldini, Shevchenko, Kaká, Pirlo, Seedorf, Rui Costa, Gattuso. Allí viajaba, también miembro de la expedición, y sin tan lujoso nombre, Harvey Esajas. Solo un episodio más de su casi paranormal carrera futbolística que podrá contar en sus memorias.

Surinam es un pequeño país de América del Sur que consta en el ADN de ilustres del balón como Davids, Hasselbaink, Gullit, Rijkaard, Winter o Seedorf. Todos nacieron o tienen ascendencia allí. De la misma forma que Harvey Esajas (Rotterdam, 1974), metro ochenta y cinco, corpulento, cabeza afeitada, sonrisa bonachona, defensa central o lateral. Seedorf y Esajas se conocieron en las categorías inferiores del Ajax, forjaron una gran amistad y, como suele pasar, separaron sus caminos porque uno valía y el otro no tanto. Louis Van Gaal descartó a Esajas y el Ajax, con Seedorf, ganaría la Copa de Europa de 1995.

La carrera de Clarence Seedorf estuvo ligada al éxito: Ajax, Sampdoria, Real Madrid, Inter, Milan. La de su amigo, un jugador al que absolutamente nadie conocía por sus maneras con el balón, deambulaba por el fútbol neerlandés sin ritmo competitivo y con la etiqueta de no convocado. Feyeenord, Groningen, Cambuur y Dordrecht’90. En picado hacia la nada.

Pero ahí estaba Clarence Seedorf para darle un empujoncito, un atajo, un favor de los grandes.

Seedorf convenció al Real Madrid, club al que pertenecía, para que su colega entrenara con ellos. Esajas compartió días de preparación con las estrellas de la capital, aunque enseguida fue cedido al Móstoles. De ahí marchó al Zamora, de Segunda División B. El siguiente paso ya fue al ostracismo: tendón de Aquiles roto y adiós al fútbol.

Del circo a San Siro

Harvey Delano Esajas decidió hacer vida en Madrid, ya sin esperanzas de volver a tocar bola. Su carrera había sido corta (tenía 25 años) y silenciosa, sin llegar a la burbuja del futbolista, la fama y los millones. Una vida a lo que fuera saliendo. Lavaplatos en algún restaurante de la capital primero, miembro del personal de un circo después. Estuvo así unos años, encontrando su lugar en los más puramente cotidiano, ganándose la vida por lo humilde.

Volvió a aparecer la figura de Clarence Seedorf para darle otro empujoncito, otro atajo, otro favor: el favor.

Convenció al técnico de la ceja inquieta. «Vente para Milán, ponte a tono, aquí tendrás una oportunidad». Esajas estaba en más de 100 kilos y otros tantos años sin competir. Decidió empezar de cero, viajar a Italia y prepararse físicamente. Perdió kilos y adquirió la forma física mínima para dar la talla en entrenamientos con jugadores de élite. Y claro, el milagro acabó llegando.

Carlo Ancelotti, a comienzos del 2005, lo hizo debutar en la Coppa Italia ante el Palermo. Jugó tres minutos, tocó tres balones y rozó la asistencia de gol. San Siro era ovación cada vez que aquel robusto defensa corría por el césped con el dorsal 30, los treinta años que tenía entonces, cuando cerró una de las más improbables historias futbolísticas que se conocen.

Harvey Esajas abraza a Seedorf al término de su primer y único partido con la camiseta del AC Milan (Getty)

Una enseñanza tiene todo esto, más allá de lo sorprendente. Todos aspiramos  –y lo mejor es empezar a asumirlo− a no necesitar un Seedorf en nuestras vidas que nos haga de catapulta a ciertas metas. Siempre es mejor solo que aupado. Porque, siempre o casi, queda mejor en nuestra conciencia no haber necesitado un atajo de alguien que nos salve sin haberlo pedido. Siempre será mejor evitar los «ha llegado a su meta por enchufe». El enchufismo está mal visto, el enchufismo es trampa, el enchufismo está feo. Hasta que el enchufe, un Clarence Seedorf, se topa de narices con uno.

¿Y si es la única forma? Se puede con mucho orgullo cerrar esa puerta; puede que ya no vuelva a abrirse. Nunca más. Las oportunidades están, ya se sabe, para aprovecharlas. Lo de lo trenes que pasan y todo eso. Los contactos están, más todavía, para nutrirse de ellos. Esajas aceptó, se preparó, debutó en una de las plantillas más temidas de las últimas décadas y volvió a la vida terrenal sin rechistar.

Seedorf quiso que su amigo no se quedara con la espinita de jugar en el máximo nivel. Si tiramos del popular dicho «hoy por ti, mañana por mi», va siendo turno de Harvey Esajas. Ver a Clarence Seedorf actuando en un circo es ya una más que probable noticia que se viene. O de lavaplatos en un Burguer King.

 

 

 

 

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