Johan Cruyff y el secuestro que lo cambió todo


Rondaban las 21:30 horas en casa de los Cruyff. Era un 17 de septiembre de 1977, que acabaría dando un giro inesperado. Suena el timbre y Johan Cruyff, estrella de aquel Barça de los setenta, se levantó del sofá para abrir. «Será el cartero», pensó. Cuando abrió, un hombre alto y encapuchado le apuntaba a la cabeza con un rifle. El tipo ató de pies y manos a su mujer, Danny, que lloraba asustada e incrédula. Todo ello con los tres hijos de Johan en sus respectivos cuartos, sin enterarse (por suerte) de lo que estaba ocurriendo. Era un intento de secuestro al mejor jugador de la época.

Cuando el delincuente ataba al jugador holandés a un mueble, su mujer pudo zafarse y coger el arma para evitar la posible tragedia. Consiguió huir de la escena y el individuo fue tras ella, aunque fue acorralado por los vecinos y la policía lo acabó capturando. Respondía al nombre de Carlos González Verburg, hincha del Real Madrid y Ajax. En la cárcel, donde no pasó demasiado tiempo, llegó a sufrir una paliza de varios reclusos por su intento de raptar al mismísimo astro neerlandés.

Pero el problema no acabó ahí. Fue después cuando comenzó la pesadilla… Durante seis meses, varios policías dormían en mi casa. Acompañaban a mis hijos al colegio y unos guardaespaldas me acompañaban a los entrenamientos – Cruyff, en su autobiografía.

Alemania 74. Sería el último mundial de ‘El Flaco’ (Getty)

Consecuencias de por vida

Un acontecimiento que marcaría la vida y la carrera de Johan. Al año siguiente de aquel suceso se jugaba el Mundial de Argentina 1978, competición que Cruyff rechazó jugar. Las secuelas psicológicas de tal episodio no lo dejaban centrarse en lo que mejor sabía hacer. Pero no debía desvelar al público la verdad, por lo que argumentó su ausencia en la Copa del Mundo por «no estar preparado anímicamente». De hecho, hasta el año 2008 no decidió contarlo todo.

Le dije a Happel (seleccionador holandés) que no estaba en el estado físico y mental adecuado para jugar un torneo tan importante. Recibí sacos llenos de peticiones de aficionados holandeses rogándome que jugase el mundial. Pero la seguridad de mi familia estaba por delante – Cruyff, en su autobiografía.

El destino quiso que su país llegara de nuevo a una final, ante la Argentina de Kempes. Una nueva oportunidad para Holanda, cuya práctica del fútbol total maravillaba al mundo. Una final sin la estrella, el emblema, el quinto grande. Cruyff, debido a su renuncia, tuvo que verla desde televisión. La naranja mecánica acabó perdiendo, una vez más, por 3-1 ante la anfitriona. Johan, de comentarista en la BBC y presente en el partido, se lamentaba:

Viendo un partido así se te pasa por la cabeza que si hubieras estado allí tu carrera quizá habría acabado con un título mundial. ¿Conmigo hubiéramos ganado?  Sinceramente, creo que sí. Porque mis cualidades, incluso entonces, habrían sido un valor añadido – Cruyff, en su autobiografía

 

 

 

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