Felicidad mundial en soledad


Un 11 de julio de 2010 estaban las calles vacías y hasta 2020 no se vio nada parecido. Claro que tuvo que ser una pandemia lo que nos encerrara y no la final de un Mundial. «Estamos en un momento que debemos recordar el resto de nuestra vida», decía el gran Carlos Martínez, narrador infalible en multiplicar la emoción con su voz, minutos antes de que rodara el balón. Qué razón tenía. «Miren a su alrededor, sientan con quien están, dense la mano unos a otros, los próximos 90 minutos no se nos van a olvidar», añadía con voz rasgada.

¿Recuerdas dónde y con quién estabas ese día? Yo también: vi el partido de nuestras vidas solo, en casa.

Tenía 12 años y había visto el Mundial prácticamente en soledad. Padres separados, hermanos independizados y vivir con mamá, que no es futbolera, aunque ese día lo fuera como lo fueron otras tantas millones de madres. Ella en su cuarto. Yo en el salón, con una camiseta interior blanca pintorreada con rotuladores, en la que me puse «VILLA 7» en la espalda; cara a cara frente a la televisión. ¿Por qué no juntos, si estábamos a un cuarto de distancia? Yo solía hablar con la tele, insultar -espero que De Jong no se enterara de mis improperios- y dar instrucciones pseudotácticas desde el sofá, así que supongo que ponerse a mi lado era una experiencia agotadora.

Estaba conociendo la felicidad plena en la soledad, a la vez que perdiéndome el placer de compartirla

Tenía una mezcla entre nervios, ganas de gritar como hooligan y una batería preguntas existenciales de un niño de 12 años que está viendo el partido más trascendente de la historia del deporte español: ¿pipas ahora o después de cenar? ¿Y si pego un bocinazo por la ventana cuando haya gol?

116 minutos tardó Iniesta en hacernos felices. Hubiera esperado lo que hiciera falta. No recuerdo un contraste de emociones tan exagerado. Pasé de los pequeños infartos con cada ocasión de los holandeses al éxtasis, la liberación, el desplome de un chaval endemoniado, y todo porque un jugón de Fuentealbilla había escuchado el silencio en Johannesburgo. Reconozco que hubo lágrimas. Y ruido. Bendito «Iniesta de mi vida», me quedé sin voz porque intenté que Andrés me escuchara desde Sudádrica.

Qué impertinente, quise romper su silencio.

Salí a la terraza y grité como nunca he gritado, de esos que vienen con gallos y poco te importa. Golpeé cosas aleatorias y ahora pienso que casi que mejor haberlo visto en solitario para ahorrar disgustos. En ese momento, me fijé en que no era el único loco sin control. Era una locura conjunta, compartida por todos y todas al unísono, celebrando una gesta que, en ese momento, éramos poco conscientes de lo que significaba.  ¡Un Mundial, mamá, cómo quieres que no me quede ronco!

Iniesta remata el gol que metimos todos (EFE)

Después caí de rodillas al suelo y celebré con el puño en alto como si estuviera en el banquillo, siendo uno más. En realidad todos éramos parte de aquellos 23 héroes. Me sentí, de repente, muy afortunado. Vivir la etapa gloriosa de la selección, una generación de ganadores irrepetible, teniendo la ilusión de un chavalín inmaduro. Sin más preocupaciones que aprobarlas todas, hacer buenos partidos en la liguilla provincial y no olvidar echarme crema solar en la playa al día siguiente. Qué más da solo que acompañado. Eramos campeones y era lo único que importaba.

 

Estaba conociendo la felicidad plena en la soledad, a la vez que perdiéndome el placer de compartirla. Sin embargo, esto no lo pensé hasta que pasaron 10 años. Me gusta llamarlo «reflexiones tardías». ¿Cómo hubieras vivido la final diez años más tarde? ¿Solo o acompañado? ¿Con la misma emoción que siendo un niño?

Hay un concepto que cobra mucho sentido en una fecha tan señalada, el de la memoria selectiva. Recordamos bien lo que nos marca. No recuerdas dónde estabas hace 13 días pero sí sientes como si fuera ayer lo que pasaste cuando Iker Casillas sacó el pie a Robben -y a nosotros el corazón-. Estamos hechos de recuerdos, y La Roja tiene un hueco gigante en nuestra memoria. Contaremos a hijos y nietos que el fútbol es capaz de lo peor y lo mejor. Y cuando ocurre esto último, se te olvidan los problemas porque estás en una burbuja. Y simplemente disfrutas.

Sea rodeado de gente, sea en solitario, lo que importa es encontrar la felicidad sin depender de nadie. Aunque todos dependimos, ese día, de la bota derecha de Don Andrés o del exterior del pie de un Santo que levantaría la Copa del Mundo minutos más tarde.

No fallaron. Y ahora son eternos, como nuestros recuerdos.

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