Éxito por accidente


Éder, el futbolista al que persiguen todos en la foto que ilustra este artículo, lleva solo un gol más que tú con Portugal. Lo que no puede decir cualquiera es que ese único gol oficial con su selección fue el más importante de la historia reciente del país. Valió una Eurocopa en 2016. Esa sensación inexplicable de sentirse afortunado y a la vez pensar hacia dentro, ¿pero qué pinto yo aquí? Como estudiarse solo la Guerra Civil y que caiga la Guerra Civil en Selectividad. O no comprar lotería en tu vida pero encontrarte un rasca y que te toquen 100 euros. Tiene que molar sentir la gloria por accidente. Todos aspiramos alguna vez a ser como Éder.

Lo mejor de este espigado delantero mediocre de nombre goloso –Ederzito António Macedo Lopes– es que metió ese gol y desapareció de los focos. Éder jugó en esa Eurocopa cinco minutos en el primer partido de fase de grupos, siete en el segundo y ya hasta la final contra Francia no participó: le bastaron 11 minutos para meter ese disparo lejano para eternizar su efímero protagonismo. A partir de ahí, ni rastro del nueve luso.

Recuerdo odiar futbolísticamente su estilo de juego. «Un paquete mayúsculo que solo sabe rematar de cabeza, muy limitado técnicamente y con el olfato goleador perdido», pensé nada más verle entrar en la prórroga de aquella final y claro, cuando vi lo que pasó me tuve que reír. Una vez más, cuando juzgué a un jugador hasta el punto de llamarlo «paquete», el fútbol me mandó su recurrente mensaje subliminal: si sigues siendo un bocazas te seguiré llevando la contraria.

Improvisando

Son muchos los héroes inesperados que siempre hacen tambalear ese arraigado pensamiento amarrategui de que los grandes jugadores siempre aparecen en las finales. Divock Origi estaba acostumbrado al banquillazo y aun así le metió dos al Barça en semis y uno en la final de Champions al Tottenham. Juliano Belletti, lateral derecho del inolvidable Barça de Ronaldinho, convirtió su primer y único gol como azulgrana en la final de París dándole a los culés su segunda orejona. Un gol del delantero griego Charisteas fue suficiente para conquistar la Eurocopa 2004 y engendrar un meme, el del llanto de un adolescente desconsolado llamado Cristiano Ronaldo. Sergi Roberto puso la guinda en la remontada más inverosímil de las últimas décadas en Champions: Barça 6-1 PSG. Este año Marcos Llorente metió un doblete en Anfield. Y podríamos seguir.

Cristiano tenía 19 años cuando perdió una final de Eurocopa ante Grecia, una de las mayores sorpresas de la historia del futbol / EFE

El defensor Fabio Grosso metió a la azzurra en la final del Mundial 2006 con un gol en el último minuto a Alemania, antes del definitivo 2-0 de Del Piero. El mismo Grosso metería el penalti definitivo de la tanda de la final, instantes después de que Zidane se autoexpulsara con un cabezazo memorable. Cosmin Moti era central, pero una carambola lo obligó a convertirse en ídolo de su país parando dos penaltis en una tanda y clasificando al Ludogorets para la Champions por vez primera. A la inversa lo hizo Andrés Palop, el portero que subió a un córner para desafiar la lógica con un testarazo irrepetible.

Es fijarse en la celebración de todos ellos y hay un denominador común. No tienen ni idea de cómo celebrarlo porque no lo tenían preparado y gritan, solo gritan, se vuelven locos. Ninguno esperaba ser noticia, porque no estamos preparados para el éxito repentino. Pocos ensayan la celebración para el día que toque celebrar. Quizá por eso cuando preguntan a esa persona de un bar de Villanueva del Trabuco que le ha tocado El Gordo que en qué va a gastarse el dinero dice que en «tapar agujeros». Hay que comprender estas cosas. La improvisación está infravalorada.

El fútbol me mandó su recurrente mensaje subliminal: si sigues siendo un bocazas te seguiré llevando la contraria

Cuando pienses que ese algo que deseas no es para ti; cuando creas que estás a años luz de conseguir lo que te propusiste el 1 de enero, sea dejar de fumar o durar más de dos meses en el gimnasio o nunca saludar primero al vecino que siempre te hace vacío; cuando te convenzas de todo eso que ves imposible por razones obvias, cuando te parezca insuperable la extraña combinación de Maluma y The Weeknd en una misma canción… piensa en Éder. La clave es decirse a sí mismo: «Si Ederzito pudo, yo también».

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