Echar de menos


Qué cosas, cada vez me gusta más practicarlo y menos verlo, pero cada vez me cuesta más practicarlo que verlo. Hablo del fútbol, claro. Pero el verdaderamente puro, el que no tiene edulcorantes añadidos, industria ni intereses económicos detrás. El de la calle, nuestro fútbol en peligro de extinción.

Cierto es que casi siempre suele ser mejor lo que recordamos que lo que en realidad sucedió. El tiempo adorna el pasado hasta límites insospechados. El otro día me acordé de una anécdota que en mi mente de aquel entonces, chaval de 10 años, era una absoluta tragedia. Mi hermano mayor me regaló un balón, el mismo de la fotografía que encabeza este texto, y me lo llevé al colegio para jugar la tradicional pachanga −para nosotros, partido crucial de Champions− en el recreo. Minutos duró el balón, lo que tardó una amiga en patearlo por encima de la valla del colegio. No volví a verlo.

Fue el balón más bonito y a la vez más efímero que tuve. ¿Quién lo habría robado para dejar así de huérfano a un pequeño desconocido?

Al año siguiente, me regalaron por mi cumpleaños no uno, ni dos, ni tres, ni cuatro. Cinco balones me regalaron. «¿Que te gusta el furbo? Pues toma furbo», pensarían los padres de mis colegas, puestos a comprarme un detalle. Ninguno, eso sí, como el llamativo de Brasil que tan corta vida tuvo. Lo bueno qué poco dura, pienso ahora.

Los codos llenos de postillas, las rodillas raspadas y el dolor en el tobillo, pero la ilusión jamás se lesionaba.

Ojalá hubiera alguna fórmula eficaz de saber que se está en los buenos tiempos antes de dejarlos atrás. Siempre vamos con retraso. Siempre con un jet lag permanente que trata mejor el pasado que el presente, aún sabiendo que el pasado ya ni siquiera existe. Hay una cosa, sin embargo, que resulta innegociable por mucho que pertenezca a tiempos añejos.

Porque esa sensación de ser uno de los primeros en ser elegido por el capitán de turno era inexplicable. Parecido, quiero imaginarme y por comparar, a recibir un Balón de Oro sin esperarlo. Ya si eras uno de los capitanes… era sentirse como Pelé o Maradona. Inefable era también nuestras capacidades para adaptarnos, donde sea y como sea, sin importar las condiciones. Con un balón como único requisito. O un intento de balón, un zumo o bola de papel con fiso, a unas malas. ¿Acaso íbamos a ser tiquismiquis, si con dos piedras o dos mochilas fabricábamos la portería?

Cuántos parches y reparches (un parche encima de otro) habremos utilizado para ocultar los agujeros del chándal. Cuántas veces habremos escuchado la amenaza, casi siempre por señores y señoras mayores, de llamar a la policía por jugar en el sitio equivocado. Esa adrenalina de rozarle la cabeza a un viandante o golpear el cristal de un coche. Eso sí que era ver la muerte de frente. Mi mayor miedo fue romper un cristal y mi primer ídolo fue Oliver Atom. Lo primero lo conseguí sin buscarlo ni quererlo, lo segundo evolucionó a Van Nistelrooy.

Dos piedras, una portería. Fútbol callejero en La Habana (G. Alonso)

Que nadie nos de lecciones de picardía si cuando tocaba formar portería con dos chaquetas, no ponía la suya, la nueva, el reciente regalo de Reyes, encima de las otras. Sucios, sí, pero la chaqueta no se mancha. O cuando utilizábamos una pared, un bordillo, una papelera para que nos devolviera el pase. No recordaremos qué se cenó el lunes pasado, pero aquel caño sigue siendo eterno en la memoria. Lo mejor del caño venía después, sin duda. Ahí podías meterte con tu víctima y recordárselo cada día.

Me es imposible borrar el gol que metí esa tarde de invierno. Porque las bocas abiertas de amigos y desconocidos no tenían precio, tampoco la felicitación de los menos buenos, porque los buenos no lo hacían por orgullo y envidia. «¿Cómo has hecho eso, cabrón?» Te sentías el rey del mundo, un mundo irreal en el que la opción primera del futuro empezaba por ‘F’ de futbolista y no por ‘U’ de Universidad. Ilusos fuimos la mayoría. Los codos llenos de postillas, las rodillas raspadas y el dolor en el tobillo, pero la ilusión jamás se lesionaba.

Chupón, penalti, faltón, tramposo, punterón, autopase, pepinazo, portero-mosca, embarcar o empeñar (el balón), pescaero, potrúo, cañito, burreíto, picaíta. Palabras y expresiones que marcaron una infancia futbolera. La Ley de la Botella, quien la tira va a por ella. La Ley del Vaso, la tiro y no hago caso. Sin árbitros, sin VAR, sin reglas, sin ni siquiera un tiempo establecido: el partido acababa cuando el dueño o la dueña del balón tenía que irse. Ahí surgía entonces el famoso «quien marque, gana», el comodín más injusto que haya existido. Cuatro contra cinco, once contra trece, dieciocho contra veinte. El fútbol de la calle era caos, era anarquía, sin barreras ni excusas. Libertad. Lo decía el escritor Jules Renard, «ser libre es no necesitar excusas».

Querido balón amarillo extraviado, querido fútbol de calle: te echo de menos, lo hago todavía. Y me temo que va para largo.

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