Baggio y un penalti sin piedad

Baggio-USA-94

Más de 30 grados en Los Ángeles y los 120 minutos pesaban en las piernas. En la mente, más aún. La final del mundial de Estados Unidos’94 se reducía a una distancia de 11 metros. La bota derecha marca Diadora de Baggio, color negro noventero con detalles en fosforito, concentraba en su parte interior la responsabilidad del fracaso. Fallarlo y fallar a todos. Eso mismo acabó pasando.

Aquel balón se elevó por encima del larguero a la misma velocidad que un genio se convertía en verdugo de su propia hazaña. Roberto Baggio acaba de errar el penalti de su vida. Brasil es campeona del mundo por ello. Entonces, sus 5 goles en el campeonato (con sus correspondientes exhibiciones), la estela de ser el mejor jugador del mundo (vigente Balón de Oro) y el fanatismo que arrastraba su talento en la cancha. Todo, absolutamente todo, reducido a cero.

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Baggio, se lamenta. Brasil, celebra. (ESPN)

Y allí estaba ‘Roby’, inmóvil, brazos en jarra y mirada perdida. Como el sueño de Italia, que acarició la Copa del Mundo. Un contraste extremo con los brasileños, con Taffarel como héroe bajo palos y los Romario, Bebeto, Dunga o Mauro Silva saboreando la gesta. El partido, que enfrentó a un equipo con el orden defensivo-táctico como condición primera y a otro que mezclaba solidez con mucha samba arriba, se fue a la lotería con el 0-0 en el marcador. La tanda terminó 3-2 con Brasil levantando su cuarta Copa del Mundo.

Rey sin corona

Arrigo Sacchi, fiel al catenaccio, siempre tuvo diferencias con el diez de la Azzurra. El fútbol metódico del técnico italiano chocaba con la libertad de un tipo que era la excepción del futbolista tipo en Italia. Pura clase. Nada de encorsetamientos, a Baggio había que dejarlo a sus anchas. Era un enganche con el gol de un delantero, pero a la vez un delantero con la capacidad creadora de un enganche. Diez con complejo de nueve, viceversa también. Platini lo describió de la mejor manera: «Era un 9 y medio».

Italia comenzó el mundial clasificándose a octavos como una de las mejores terceras. Sufrió de lo lindo para estar, las críticas desde el país transalpino crecían y las dudas estaban justificadas por el pobre juego mostrado. Una derrota ante la Irlanda de Roy Keane, una victoria sufrida contra Noruega y un empate con México. A partir de octavos se inauguró la Baggiodependencia.

Un doblete a las Súper Águilas de Nigeria para remontar el partido. El definitivo 2-1 para echar a España en el día del codazo de Tassotti a Luis Enrique. Otros dos para acabar con el sueño de Stoichkov y la mejor Bulgaria nunca vista. Cinco dianas en tres partidos, una de las actuaciones más sublimes de la historia de los mundiales. ¿Cómo podía un penalti emborronar su campeonato y, por ende, su carrera?

Un rey sin su merecida corona. Obseso del regate al portero -pocos han dejado tantos en el camino como Roby-, adicto al recorte en el área, experto en el disparo ajustado, sutileza y velocidad en la conducción, imprevisible en los cambios de ritmo y un manejo de las dos piernas exquisito. Ese talento lo mantuvo siempre. Pero, desde aquel disparo que se marchó al fondo sur del Estadio Rose Bowl, Baggio inició un proceso de injusta decadencia.

 Fue el momento más duro de mi carrera, me condicionó durante años. Todavía sueño con élBaggio, en su autobiografía

‘Il Divino’ comenzó a ser ‘el que falló el penalti’. Esa pesada mochila la llevó en su conciencia durante tiempos posteriores. Los años pasaban, lesiones por el camino… y un fallo que lo tenía inmerso en un agujero negro. O blanco, de cal, a once metros de una red que no tuvo que amortiguar la pelota.

Dicen que el fracaso es parte del éxito. Por eso, para muchos, esa mítica coleta sigue siendo símbolo del mejor futbolista de la historia del fútbol italiano. A pesar de esa «pena máxima», que lo fue en su máximo sentido literal de la expresión. Sin piedad.

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