La autodestrucción de España


Domingo 1 de julio de 2018. Las 16:00 en el reloj de un español o española que se sienta frente al televisor con ilusión y convencido de que su selección callaría bocas. Los medios presionan, las dudas de los partidos anteriores pesan, el hecho de tener mucho que ganar y aún mucho más que perder es un fantasma constante. España se enfrenta a la anfitriona del mundial. Rusia, un equipo serio y compacto defensivamente y con jugadores de talento para el contraataque. Pero a años luz de la calidad y el juego de los nuestros. O eso parecía hasta que España marca el 1-0. El falso gol de Ramos (pues finalmente fue dado en propia puerta a Ignashevich) transformó el partido.

La roja pasó a ser un equipo que padecía un ataque de pereza por marcar el segundo. Con el control de balón absoluto pero sin el arco entre ceja y ceja. Como si el encuentro se encontrase en el descuento. Tocar, tocar y tocar horizontalmente. Con la máxima lentitud posible. La profundidad no existió en ningún momento. Con un total 9 tiros a puerta en 120 minutos, nadie diría lo contrario. Excepto la gran acción de Rodrigo en la que una exquisita combinación de velocidad, control y desborde casi sorprende a Akinfeev, las demás llegadas fueron tímidas. Nuestra selección no generaba peligro.

 

Tristeza e incredulidad. De la forma más dolorosa: los penaltis (diario AS)

 

El juego de España fue el más previsible que ha tenido en mucho tiempo. Cada pase completado era el que todos veíamos. Nada más allá de una selección que juega fácil pero con pánico a la portería. Pánico a encarar, a probar el uno contra uno, disparar desde la frontal. Llámalo toque sin profundidad o sin verticalidad. Yo le llamaré el tiki-taka vacío. Una vez más se demostró que en el fútbol no gana el que tiene el balón, sino el que lo mete entre los tres palos.

Defender con todo el equipo replegado y ganar en los penaltis también es fútbol. Rusia hizo su juego, fue inteligente. Las selecciones que se enfrentan a la Roja saben cual es la fórmula ideal: no jugarle de tú a tú. Es más simple que eso. Regalarle el balón y defenderla como un bloque indestructible. Así, dar más de 1.000 pases no aseguran una victoria, si estos pases tienen el pretexto de dormir el partido (y por consiguiente, a los aficionados de aburrimiento) y no de sentenciar al contrario.

 

Sin un plan B

España mereció más, pero no supo reinventarse. No supo encontrar un plan B, con un banquillo que es envidia para cualquier selección. Ni los cambios sirvieron, ni las ideas en ataque surgieron. El sufrimiento llegó con los penaltis y ahí todos sabemos que la suerte reduce las opciones de cada equipo a un fifty-fifty. La polémica en la elección de los lanzadores, la aptitud y actitud nula de De Gea en todo el campeonato, el berrinche de Rubiales que llevó a la inestabilidad de cambiar de seleccionador a días del primer partido…

Muchas justificaciones sobre este fracaso mundialista, pero para mi no hay excusas. Yendo a lo esencialmente deportivo, lo que ha destruido a la Roja es su propio juego. El tiki-taka de aquellos años maravillosos años no es el tiki-taka vacío de este mundial. ¿Necesario un cambio generacional? Sí. ¿Necesario un cambio de estilo de juego? No, simplemente un perfeccionamiento. El toque es nuestra firma, que debe complementarse de una verticalidad para generar gol y de una capacidad defensiva tras pérdida mucho más veloz y segura. Más que cambio radical, evolución.

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