24 horas con Neymar


El otro día Neymar me abrió las puertas de su casoplón en París y yo me sentí como Bertín Osborne en versión veinteañero. «Mi casa es la tuya», me dijo el tío, encima. Aquello fue para contarlo, así que allá voy. Este es el resultado de un día entero conviviendo con el ídolo brasileño.

Me costó mucho llegar porque nunca termino de llevarme bien con Google Maps. Pertenezco al selecto grupo de personas que utilizan la geolocalización para todo, y cuando digo todo, digo encontrar el restaurante al que ya he ido cinco veces. Pues eso, la mansión impresiona. Entré diciendo que era periodista -pensé que aquellos guardias me pedirían el DNI- y toqué al timbre, no sin antes avisar por WhatsApp que ya había llegado. Me da mucho pudor tocar timbres, imagínate el de Neymar.

Abrió la puerta y ahí apareció, con una camiseta de los Celtics y con una sonrisa. Me pregunté lo mismo que se preguntaba el gran Andrés Montes: «¿por qué todos los jugones sonríen igual?» Neymar me dejó que le llamara Ney, porque le expliqué que yo unos días decía Néymar y otros Neymár. Así que Ney y nos quitamos de problemas.

Lo primero que me llamó la atención no fue su tele de 65 pulgadas ni el sofá para diez Adamas Traoré, sino una cajita de ibuprofeno justo en la mesa central del salón. Me pilló mirándola y me dijo que era la solución para su resaca del día anterior. Había estado en el cumpleaños de Arthur, el ex del Barça, aunque luego me dijo (sin yo preguntarle) que él no bebió alcohol, solo Red Bull. Tiene una tarjeta VIP para consumir todo lo que tenga dos toros rojos como logo. Después de eso me dijo que le encantaba como jugaba el RB Leipzig, que apostaba por ellos en la eliminatoria ante el Atleti. Y que también le molaba un montón la camiseta del Red Bull Salzburgo. Cosas del patrocinio.

Mostrándome la casa, vi que tenía un cuadro que merecería estar en algunas de las más prestigiosas galerías de arte de Europa. Nunca había visto un meme al óleo. Ney lo llama Se Queda y ya os podéis imaginar quiénes eran los protagonistas. «Lo mejor de todo es que Geri tiene otro igual en su casa», me confesó entre risas. De repente pensé que si se subastara alguno se recaudaría suficiente pasta como para que el Barça vuelva a fichar al diez del PSG. Pé es yé o pe ese yé. O pe ese gé. ¿No es mejor llamarlo París? Odio los nombres ambigüos.

Pedimos para comer unos noodles porque decía que en los días de partido había que comer pasta. Era un consejo que le dieron de pequeño en las categorías inferiores del Santos y normalmente lo cumple. Le dije que yo también lo hacía porque pensaba que me daría más potencia y resistencia a la hora de jugar. No tardé demasiado en darme cuenta de que seguía cansándome al tercer balón en largo que me ponían.

Ney puso La Casa de Papel y me enseñó las escenas en las que participó. Un par de cameos de los que se siente muy orgulloso. En ese momento le solté que se le daba mejor actuar en las caídas dentro del área. Mucha gracia no le hizo el comentario, por lo que pude notar, y se vengó en una partida de Call of Duty. «Cuando me retire seré streamer». Menudo titular me regaló.

Me confesó que el trato de la prensa le cansa, aunque le da poca importancia. Lo que le molesta es que sea la afición la que dude de él. Le molesta que un día se le venere y al otro se le crucifique y se le señale y se le dé por talento perdido. Hace tiempo que le persigue la irregularidad, la tentación de la noche, las lesiones, las malas decisiones. «Me queda mucho por ganar todavía», espetó mientras enseñaba sus réplicas de los títulos nacionales e internacionales que ha ganado a lo largo de su carrera. Había dos huecos, uno para la Copa del Mundo y otro para el Balón de Oro.

La siesta

«Alexa, pon el último disco de Michel Teló», y el altavoz inteligente le hizo caso. Me gustó que siga escuchando a un one hit wonder como ese cantante brasileño, que puso de moda el ‘Ai Se Eu Te Pego’ en 2011. Un tipo fiel a sus gustos, entre los cuales está el cambiarse de peinado cada semana. A las 19:00 tenía que irme porque su peluquero venía a hacerle un nuevo look y no, no se lo iba a poner blanco, para que nadie pensara que es un guiño al Madrid. Que es verano y los rumores se sacan de debajo de las piedras.

La vida de Ney es la vida del disfrutón. Piscina, videojuegos, bailes, fotoespejos, mira ropa y compra zapatillas sin mirar el precio, Gucci, Prada, Jordan y Nike que le sale gratis, entrena en su gimnasio particular, ve series y saca tiempo para jugar al fútbol-tenis. Lo mejor es la diana que tiene en su cuarto con la cara de Bartomeu en el centro. Y el muñeco vudú de Zúñiga lleno de agujas. En esos temas no quise entrar, hay veces que la mejor pregunta es callarse y observar.

Le pregunté por la Champions y las opciones del PSG. Me dijo que estaba más listo que nunca para ganarla y ahí, justo ahí, me desvelé. Dos horas de siesta y había soñado todo esto una hora antes del Atalanta-PSG.

Estaba desubicado y tuve que escribirlo todo en una nota del móvil para que no se me olvidara. Después del chute de ficción me tragué el partido y el jodido Ney dio un recital digno de las grandes noches europeas. El Paris Saint Germain remontó y el brasileño volvió a demostrar su rol de jugador total. Pasó de las burlas a los elogios a una velocidad inalcanzable.

La UEFA lo nombró jugador del partido y, otra vez con una sonrisa, le regaló el premio a Choupo-Moting por marcar el gol de la victoria. «Mi trofeo es el tuyo», le diría. A partir de ahora, lo observo idealizado. El Ney gozador en casa y el Ney mago cuando pisa el césped.

 

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